
Prometo romper ese despertador si mañana vuelve a sonar. Golpe conciso, silencio eterno. Me miento a mí mismo aún sabiendo que no es más que el eco de este maldito corazón.
Esta mañana me he levantado temprano y junto a las ganas del momento me he tomado el primer café del día. Dos de azúcar, mortecina calma y un rayo de luz. He abierto la ventana del dormitorio, ya sabes, la del chirriante sonido al cerrarse, la que siempre se empaña. He salido de casa, más o menos a la hora de siempre, más o menos con la cara de siempre. He llegado al trabajo y he intentado disimular. El reloj me ha ido consumiendo y al llegar la hora del almuerzo le he dicho a mi jefe que no me encontraba bien y me ha dado el día libre. Al llegar de vuelta a casa te he buscado en el buzón. Propaganda, unas facturas, restaurantes chinos, el fruto del tedio. Hasta aquí todo iba bien, a pesar de la apariencia, pero la tarde siguió a la mañana, y las noches a los días. Pensé que podría superarlo, pero hoy me he dado cuenta. Sin tí no puedo vivir, ¿me oyes? Sin tí no sé cómo hacerlo.
El tiempo ha seguido su curso y, sin poder hacer nada al respecto, los segundos han terminado su rutina y me han consumido por completo. Por eso he decidido olvidarte y me he ido a la cama temprano. Pero esta noche, como tantas, te he encontrado entre mis sueños. Algo triste y apagado, y en tus ojos, mi reflejo. Al despertar he recordado lo dulce que son tus besos y me he sorprendido jugando con mis manos en tu pelo. Debió ser la inercia del sueño porque en un instante, al momento, te he vuelto a olvidar por completo. Ni mi almohada fue tu pelo, ni mis manos el deseo.
Y así he empezado otro día entre dudas y lamentos, caminando por las calles, observando, maldiciendo, persiguiendo tu sonrisa en cada esquina, tu perfume, tu silencio. He intentado perderme entre callejones oscuros, entre borrachos y rateros. Pero a cada paso que he dado se han borrado los recuerdos y, con ellos, la esperanza de encontrarte. Me lo ha dicho tu mirada en los ojos del portero, en las manos de ese niño, en el gesto de ese novio que se aleja sin quererlo, en la estación de autobuses, en los bares, en el metro. Y de nuevo he vuelto a casa y en tu pecho me he escondido, haciendo otra vez nada, viendo la televisión. Desde aquí, entre tus brazos, solo escucho tus latidos.
Ésta vez sí me he encontrado, con los ojos bien abiertos y he notado el frío adentro. He sonreído a mi destino, te he dado las buenas noches y sin tu aire, sin tus pulmones, respirar ya no he podido. Y aquí me tienes, inerte, te lo dije, lo sabía. Sin tí he perdido la vida, la vida que nunca viví. Me he cansado de olvidarte, de buscarte y no encontrarte, de perderme y no tenerte. Y ya me ves ahora, que de verdad estoy muerto, aún no olvido tu recuerdo. Será porque nunca te he visto. Será porque escucho tu eco. Susurrándome como siempre al oído. Dos palabras: tic, tac, tic, tac,...
Fragmento guión de ECOS, enero 2005.
Foto: Vivre sa vie, Jean-Luc Godard (1962)