Abre de negro. Quieto. Inmóvil. De toda la gama cromática solo acierto a identificar el verde y el azul, obviando como preestablecida la presencia del blanco y negro. Intento situarme. Tomo aire. A medida que me va haciendo efecto dejo de sentir como mis pupilas se van dilatando con la misma calma con la que la perspectiva provoca que la sensación de soledad sea aún mayor que la que de por sí da ese travelling que aleja mi mirada del objetivo. Vuelvo a respirar.
Todo gira a mi alrededor, las distancias se alejan de una forma que casi puedo tocarlas, de hecho, cada vez siento más tangible esa distancia, como una concreción física de la abstracción misma de la lejanía y la inesperada proximidad de las cosas.
Intento no banalizar mi situación y, con decisión, consigo ponerme de pie. Ese plano contrapicado me ayuda a sentirme bien, fuerte, libre, sin ninguna atadura moral que me aferre ni siquiera de lejos al sentido de responsabilidad que debería tener cualquier persona en mi situación. Pero yo sigo adelante, tomo asiento, e intento alejar mi pensamiento de la búsqueda de una explicación lógica entorno a esta cadena de acontecimientos.
Intento concentrarme en mi escogida labor de convertir esa inmensidad blanca bidimensional en una estructura habitable, confortable y agradable a la vista, el gusto y hasta el tacto de sus futuros inquilinos.
La realidad parece filmada a más de 300 fotogramas por segundo, pero una mirada a mi alrededor me lleva a la conclusión de que me deben estar positivando a velocidad normal. Eso sí, mi corazón sigue latiendo a más de 300 pasos de obturador en cada segundo, lo que provoca que pueda ser perfectamente consciente de esa ralentización del tiempo. Y al igual que con la distancia, empiezo a ver con claridad la representación física palpable de esta travesía temporal que me permite ser demiurgo en el mundo material de una nueva estructura formal con identidad propia.
Una vez concretados tiempo y espacio, me doy cuenta de que los sentimientos de soledad y vértigo se han convertido en pequeñas dosis de euforia contenida al vislumbrar un camino por el que, por lo menos, escapar de esta agonía que supone la temida amenaza blanca. Y sin yo advertirlo paso de una intranquila sensación de prisión en permanente primer plano con cámara al hombro alrededor de mí, a un esperanzador y sosegante plano general final en el que yo, partícipe y cómplice de este momento, me mantengo firme frente a la sensación de tener ante mi una perfecta armonía de líneas que musicalmente ponen fin a mi desesperación. Funde a negro.
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