Acabo de comprar seis huevos, un poco de pan y unas galletas. Al llegar a casa he recordado porqué había puesto este cd en el discman y no otro. Estaba contento, a pesar de la lluvia, ya ves. Tenía ganas de cantar. Y lo he hecho. ¿Tan raro es cantar por la calle? ¿O silbar? Se te quedan mirando como si fueras un loco o un borracho, como si no te dieras cuenta. Pero no, hoy salí con ganas de cantar y nadie me lo iba a impedir. Incluso gritar si la canción así lo requería. Pero he llegado al súper y he visto a alguien que me ha hecho callar. Y ni siquiera hemos hablado, como de costumbre. Ya está sonando otra vez aquella vieja canción que rompe nuestro silencio. Otra vez esa canción que hace que el tiempo cambie su rumbo hasta que te pierdo de vista y todo vuelve a su tedioso y ralentizado estado normal. Qué lejos queda aquella sonrisa, aquella mirada, aquella primera vez que decidimos estar juntos y no separarnos nunca. Yo te quiero, tu me quieres, ¿y qué? Qué le vamos a hacer si nacimos en la vida equivocada. En la vida en la que todas las venas se encuentran, y en la que de aquí al vacío solo hay un paso. Pero por favor, déjame escuchar por última vez aquella vieja canción que rompe nuestro silencio y que me recuerda que ya nada ni nadie podrá impedir que lo que nunca empezó ya se haya terminado.
PD: He llegado a casa, sin ganas de cantar. He abierto la bolsa de la compra y me he encontrado los seis huevos rotos. No sé cómo ha ocurrido. Simplemente he sonreído. Echaré en falta esos huevos esta noche?. Me parece que no. Por suerte me quedan las galletas.